La debilidad de la política selfie

El objetivo central de la oposición es la menemizacion del Presidente. La tarea fundamental de la coalición oficialista es politizar la sociedad.


Por Pablo Dipierri

Una foto no vale un gobierno. Sin embargo, el dispositivo administrado por la fracción más encumbrada de la clase dominante para pulsar sobre la epidermis social con los chicotazos noticiosos de los medios de comunicación, los opositores tutelados por los guionistas de la narrativa periodística y los juzgados solícitos para el reaseguro de los privilegios pueden mucho más.


Por eso, el registro visual en Olivos del cumpleaños de Fabiola Yáñez, pareja del presidente Alberto Fernández, tal vez no sea suficiente para que el resentimiento destilado contra el Frente de Todos estrangule la experiencia política en curso pero constituye un hito más en la búsqueda del establishment por yugularle legitimidad a la Casa Rosada, banalizar el debate público y situar la discusión sobre el barro de la moral y la corrupción.

Una cautelar y un vaso de agua, decía la vicepresidenta Cristina Fernández al filo de su segundo mandato como Jefa de Estado, no se les niega a nadie en Argentina. Agréguese a la lista ahora un pedido de juicio político, aunque uno de sus impulsores, el diputado radical Mario Negri, haya admitido que no “dan los números” para conseguirlo porque se necesitan dos tercios de los legisladores para darle inicio.


En consecuencia, queda claro que el objetivo de Juntos por el Cambio y los financistas de las aventuras electorales que antagonizan con el peronismo es la asimilación de la figura del Presidente actual con la del extinto Carlos Saúl Menem. “Esto es el polideportivo de Menem en Olivos”, poetizó Elisa Carrió en declaraciones a TN tras las disculpas emitidas por Fernández durante un acto en Olavarría. Que la ex diputada haya dicho al aire, cuando comenzó ese reportaje, que recién terminaba de comprar “bombachas de algodón en Pergamino” tampoco raya muy alto pero el show tiene sus rindes.


Párrafo aparte merecería para el anverso de cualquier análisis la medición de la densidad de las diatribas o los diluyentes ideológicos de las acusaciones. Durante el ascenso macrista, acuñaron la infundada frase “se robaron un PBI” pero seis años después la imaginación llega hasta la foto de “un cumple”, mientras regía un decreto firmado por el primer mandatario para mantener el aislamiento preventivo y la prohibición de reuniones sociales o familiares no convivientes frente a la expansión del coronavirus.


Al cierre de este artículo, las consultoras diseñan nuevas preguntas para sus sondeos de opinión con el propósito de granjearse, vaya paradoja, la foto del apoyo o el rechazo a lo que el escandalete reveló. En el entorno de Fernandez, cunde cierta preocupación pero no es nueva: los descuidos de Alberto son moneda corriente y están directamente vinculados a su permanente disposición a la conversación. Como si en el intercambio se cifrara buena parte de su capital político, el Presidente pasa más tiempo de lo aconsejable respondiendo por WhatsApp o interviniendo con decisiones de Estado a través de un DM por Twitter para la resolución de un problema puntual de ciudadanos en particular, tal como lo contó en la reciente entrevista para Caja Negra. Subyace en esa concepción una inconsciente subestimación de las cuestiones públicas o una tendencia al ensoberbecimiento. Funcionarios que lo trataron o lo tratan suscriben la hipótesis de una elevada y distorsiva autoestima por parte del titular del PJ nacional.


Aunque el flaco César Luis Menotti dijera que, para ser profundos dentro de la cancha, primero había que ser anchos, no es menos cierto el refrán que reza que el que mucho abarca poco aprieta. Apoyarse en los asesores más cercanos y rodearse de un gabinete potente suele ser conveniente para la construcción de poder en un tablero que se asemeja más al ajedrez que al Ludo Matic.


Tampoco resulta equilibrado ni justo que el peso de la iracundia en los diversos campamentos oficialistas caiga sobre Alberto. La celebración del onomástico del triunfo electoral en las PASO de 2019 por parte del PJ, con una foto sin Cristina, fue retrucada con ironía por La Cámpora y la organización recibió el guiño risueño de la Vicepresidenta, que estará asistida por la razón en la pícara querella pero habilita especulaciones siempre latentes o en creciente desarrollo, según la perspectiva, sobre confrontaciones intestinas. Por lo demás, ella sabe mejor que nadie que liderar recostándose en una de las tribus para burlarse de la otra no multiplica su fuerza, aunque cualquier observador conceda, incluso este cronista, que su base de sustentación supera con amplitud la de toda la dirigencia local.


En definitiva, lo que opera tanto en la foto del Presidente, Yañez y sus amigos como en la conmemoración triunfal del PJ y el detalle señalado por la autora principal de la urdimbre oficialista es la tentación. Las redes sociales agudizaron narcisismos y dilataron los límites de la colonización de las subjetividades en el planeta entero y el ágora donde se tramitan las trifulcas políticas no es una isla. Dicho con otras palabras, el modo selfie copó la lógica política: se trate o no de imágenes que se tome uno mismo, la racionalidad que venía tejiéndose en la prepandemia y se incrementó después se yergue sobre el resplandor personal sin mediaciones y la dictadura del like.

Ya Theodor Adorno y Max Horkheimer habían escrito en Dialéctica del Iluminismo, un libro tipeado al calor del advenimiento del nazismo, que el fascismo propugnaba la estetización de la política y el comunismo –sustituya el lector esa referencia por cualquiera que le quepa- debía contestarle con la politización del arte. El arte de gobernar, diríase hoy.

Artículos relacionados
- Advertisment -spot_img

Últimas Noticias

La debilidad de la política selfie

El objetivo central de la oposición es la menemizacion del Presidente. La tarea fundamental de la coalición oficialista es politizar la sociedad.


Por Pablo Dipierri

Una foto no vale un gobierno. Sin embargo, el dispositivo administrado por la fracción más encumbrada de la clase dominante para pulsar sobre la epidermis social con los chicotazos noticiosos de los medios de comunicación, los opositores tutelados por los guionistas de la narrativa periodística y los juzgados solícitos para el reaseguro de los privilegios pueden mucho más.


Por eso, el registro visual en Olivos del cumpleaños de Fabiola Yáñez, pareja del presidente Alberto Fernández, tal vez no sea suficiente para que el resentimiento destilado contra el Frente de Todos estrangule la experiencia política en curso pero constituye un hito más en la búsqueda del establishment por yugularle legitimidad a la Casa Rosada, banalizar el debate público y situar la discusión sobre el barro de la moral y la corrupción.

Una cautelar y un vaso de agua, decía la vicepresidenta Cristina Fernández al filo de su segundo mandato como Jefa de Estado, no se les niega a nadie en Argentina. Agréguese a la lista ahora un pedido de juicio político, aunque uno de sus impulsores, el diputado radical Mario Negri, haya admitido que no “dan los números” para conseguirlo porque se necesitan dos tercios de los legisladores para darle inicio.


En consecuencia, queda claro que el objetivo de Juntos por el Cambio y los financistas de las aventuras electorales que antagonizan con el peronismo es la asimilación de la figura del Presidente actual con la del extinto Carlos Saúl Menem. “Esto es el polideportivo de Menem en Olivos”, poetizó Elisa Carrió en declaraciones a TN tras las disculpas emitidas por Fernández durante un acto en Olavarría. Que la ex diputada haya dicho al aire, cuando comenzó ese reportaje, que recién terminaba de comprar “bombachas de algodón en Pergamino” tampoco raya muy alto pero el show tiene sus rindes.


Párrafo aparte merecería para el anverso de cualquier análisis la medición de la densidad de las diatribas o los diluyentes ideológicos de las acusaciones. Durante el ascenso macrista, acuñaron la infundada frase “se robaron un PBI” pero seis años después la imaginación llega hasta la foto de “un cumple”, mientras regía un decreto firmado por el primer mandatario para mantener el aislamiento preventivo y la prohibición de reuniones sociales o familiares no convivientes frente a la expansión del coronavirus.


Al cierre de este artículo, las consultoras diseñan nuevas preguntas para sus sondeos de opinión con el propósito de granjearse, vaya paradoja, la foto del apoyo o el rechazo a lo que el escandalete reveló. En el entorno de Fernandez, cunde cierta preocupación pero no es nueva: los descuidos de Alberto son moneda corriente y están directamente vinculados a su permanente disposición a la conversación. Como si en el intercambio se cifrara buena parte de su capital político, el Presidente pasa más tiempo de lo aconsejable respondiendo por WhatsApp o interviniendo con decisiones de Estado a través de un DM por Twitter para la resolución de un problema puntual de ciudadanos en particular, tal como lo contó en la reciente entrevista para Caja Negra. Subyace en esa concepción una inconsciente subestimación de las cuestiones públicas o una tendencia al ensoberbecimiento. Funcionarios que lo trataron o lo tratan suscriben la hipótesis de una elevada y distorsiva autoestima por parte del titular del PJ nacional.


Aunque el flaco César Luis Menotti dijera que, para ser profundos dentro de la cancha, primero había que ser anchos, no es menos cierto el refrán que reza que el que mucho abarca poco aprieta. Apoyarse en los asesores más cercanos y rodearse de un gabinete potente suele ser conveniente para la construcción de poder en un tablero que se asemeja más al ajedrez que al Ludo Matic.


Tampoco resulta equilibrado ni justo que el peso de la iracundia en los diversos campamentos oficialistas caiga sobre Alberto. La celebración del onomástico del triunfo electoral en las PASO de 2019 por parte del PJ, con una foto sin Cristina, fue retrucada con ironía por La Cámpora y la organización recibió el guiño risueño de la Vicepresidenta, que estará asistida por la razón en la pícara querella pero habilita especulaciones siempre latentes o en creciente desarrollo, según la perspectiva, sobre confrontaciones intestinas. Por lo demás, ella sabe mejor que nadie que liderar recostándose en una de las tribus para burlarse de la otra no multiplica su fuerza, aunque cualquier observador conceda, incluso este cronista, que su base de sustentación supera con amplitud la de toda la dirigencia local.


En definitiva, lo que opera tanto en la foto del Presidente, Yañez y sus amigos como en la conmemoración triunfal del PJ y el detalle señalado por la autora principal de la urdimbre oficialista es la tentación. Las redes sociales agudizaron narcisismos y dilataron los límites de la colonización de las subjetividades en el planeta entero y el ágora donde se tramitan las trifulcas políticas no es una isla. Dicho con otras palabras, el modo selfie copó la lógica política: se trate o no de imágenes que se tome uno mismo, la racionalidad que venía tejiéndose en la prepandemia y se incrementó después se yergue sobre el resplandor personal sin mediaciones y la dictadura del like.

Ya Theodor Adorno y Max Horkheimer habían escrito en Dialéctica del Iluminismo, un libro tipeado al calor del advenimiento del nazismo, que el fascismo propugnaba la estetización de la política y el comunismo –sustituya el lector esa referencia por cualquiera que le quepa- debía contestarle con la politización del arte. El arte de gobernar, diríase hoy.

Artículos relacionados

Últimas Noticias