El Gobierno se relame frente a un panorama prometedor en materia económica. La oposición se engolosina con la discusión moral por la foto del cumpleaños en Olivos durante el ASPO del 2020.
Bajo los escombros discursivos que deja el bombardeo informativo de la constelación de medios de comunicación opositores a la Casa Rosada, resplandecen datos prometedores para la suerte del Frente de Todos. Aunque no se disipan las tensiones internas entre los distintos campamentos de la coalición oficial por el sesgo de la administración dispuesto por el ministro de Economía, Martín Guzmán, el panorama que se abre a los pies del gobierno se insinúa alentador.
Ayer, el Palacio de Hacienda informó que “el Sector Público Nacional (SPN) registró en julio un déficit primario de $117.739 millones y un déficit financiero de $182.325 millones, ambos sin considerar los ingresos asociados al Aporte Solidario”. Según la oficina de prensa de esa cartera, el Estado propició “el incremento en inversión social en los programas Potenciar Trabajo, Progresar, Repro, y de política alimentaria, bonos al personal de salud, entre otros” para alcanzar esa friolera. Asimismo, se destacó que “hubo aumento del gasto en la adquisición de vacunas Covid 19, que permitió acelerar el ritmo de vacunación” y “el gasto de capital casi se duplicó en el interanual, impulsado por inversión en obra pública”.
La planilla de Excel vendría a rebatir los pases de factura de dirigentes opositores y oficialistas que atribuyen a Guzmán la aplicación de un ajuste disimulado, en el seno de un gobierno popular al que le toco autopercibirse como un “peronismo de la escasez”, al decir de Mario Santucho. “Esta dinámica fiscal es el resultado de los principios planteados en el presupuesto: una expansión de los ingresos como consecuencia de una política de administración tributaria progresiva a medida que se recupera la actividad y, en simultáneo, una dinámica del gasto que fortalece y potencia esa recuperación”, explicaron desde el quinto piso del ministerio más cascoteado de los últimos meses.
Lo curioso es que esas trifulcas se den en el marco del kirchnerismo, una experiencia política que siempre se jactó del ejercicio de la conducción sobre sus ministros de Economía. El incombustible candidato porteño Daniel Filmus, ex ministro de Educación y actual secretario de Malvinas, Antártida e Islas del Atlántico Sur, narraba siempre a quien quisiera escucharlo que visitó a Néstor Kirchner, apenas asumió en 2003, para resolver el conflicto educativo interminable de la provincia de Entre Ríos. Luego de acordar la suma necesaria para que los docentes levantaran la huelga, el flamante titular del Palacio Pizzurno le preguntó si tenía que ir a decírselo a su par de Economía, Roberto Lavagna. “Daniel, el presidente soy yo”, le contestó el patagónico. Desde entonces, el mito se forjó en la creencia de que la manija de la economía política, en tiempos kircheristas, la tiene el que se sienta en el sillón de Rivadavia.
El razonamiento obliga a preguntarse si Guzmán tiene tanta autonomía como sus detractores suponen respecto de la mujer que urdió la fórmula del gobierno en curso. Las opciones podrían sintetizarse en dos: o las apetencias de La Cámpora por el puesto actual del profesor de la Universidad de Columbia en uso de licencia no son suficientes para desplazarlo, lo cual dibujaría cierta impotencia de la vicepresidenta Cristina Fernández, o el discípulo de Joseph Stiglitz continúa en su lugar porque, a pesar de la bronca contra él, maneja táctica y estratégicamente como el Frente de Todos necesita la negociación con el FMI y las vicisitudes de la macro, lo cual lo dotaría de legitimidad para seguir en sus funciones.
En definitiva, un olvido selectivo desatiende a la especulación originaria –mal intencionada o no- acerca de las características transicionales del gabinete de Alberto Fernández y, bajo ese prisma, lo más revolucionario sería ganar tiempo. Si se concede que Guzmán fabrica prórrogas de vencimientos de deuda, cobra vigor lo que una fuente de su entorno le dijo a Noticias Virales en off: “en el fondo, Guzmán está negociando cómo no pagar la deuda”.
Divisas en la disparidad
En el parte de prensa 381/21, la Cancillería argentina anunció ayer que “en los primeros siete meses del año las exportaciones sumaron 42.625 millones de dólares, alcanzando el mayor valor de los últimos ocho años, y de este modo acumulan un incremento interanual de 31,2%, lo que se explica por un aumento de precios (24,3%) y, en menor medida, de las cantidades (5,6%)”. “El saldo comercial de los primeros siete meses fue superavitario para la Argentina en 8.310 millones de dólares”, según el ministerio conducido por Felipe Solá.
Las cifras son auspiciosas y contrastan con la malaria y el estrago causado por la pandemia en el ejercicio anterior. Sin ir más lejos, el detalle de las exportaciones revela que crecieron las ventas de las “manufacturas de origen industrial (MOI), con incrementos de 45,2% en cantidades y 21,7% en precios, y manufacturas de origen agropecuario (MOA), como resultado de un aumento de 34,8 en precios, mientras que cayeron las cantidades en 4,8%”. La discusión, obviamente, se calienta cuando se pregunta por la apropiación del excedente: lo que captura el fisco vía retenciones para volcarlo en gasto social o subsidios, a la postre, termina en las cuentas de los grupos económicos integrados verticalmente desde las bocas de expendio en supermercados hasta las casas matrices en el extranjero.
Y a la disparidad en la reactivación entre los distintos sectores productivos debe sumarse la dificultad para ponerle el cascabel al gato en materia de precios. El INDEC difundió esta semana que la canasta básica total ascendió a 67 mil pesos en julio, mientras que el salario promedio en estas pampas orilla los 40 mil pesos.
Las soluciones no se enuncian en ningún rincón del gobierno. Desde las apelaciones del primer mandatario para que los empresarios no cometan abusos hasta las intervenciones quirúrgicas de la Vicepresidenta para que los grandes jugadores de la economía participen con madurez de la salida a la crisis, pasando por los controles desplegados por la secretaria de Comercio, Paula Español, o el ministro de Producción, Ciencia e Innovación Tecnológica de la Provincia de Buenos Aires, Augusto Costa, la acción del gobierno termina traduciéndose en una descripción de la situación o una mera crónica de la impotencia.
De ahí que el ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, mantenga su seductora invitación al empresariado para el diseño de un proyecto de país que contenga a todos los actores. Hace 48 horas, fue convidado a dirigirse a los popes de la Cámara de Empresas Estadounidenses (AMCHAM) por vía telemática y la literatura periodística resumió que, en esa oportunidad, “explicó que para un mejor relacionamiento entre el poder político y el Círculo Rojo es pertinente cuidar los mensajes posteriores a las reuniones privadas”. “Hay que dejar a los intermediarios, porque no transmiten lo que pensamos, de uno y otro lado”, destacó. La obsesión del gobierno sería la de retomar la senda que el kirchnerismo ha tenido en otra etapa: no renunciar a la representación de los sectores empresarios.
La apuesta obedece también al recuerdo fresco de la catástrofe macrista tanto para el universo de las Pyme como de las grandes firmas. Tal vez allí radique la razón por la que los candidatos opositores se limiten a las muletillas de la foto del Presidente y su pareja, Fabiola Yáñez, durante un festejo de cumpleaños en pleno aislamiento preventivo. Sin cartas para discutir la economía, se aferran al palo enjabonado de la moral.
A cuatro semanas de las PASO, cada cual pone quinta a fondo. El escrutinio dirá si el órgano más sensible de los argentinos sigue siendo el bolsillo o si la emoción sufragista se tramita por pasiones que la razón no asimila. Otra inquietud que responderán parcialmente las urnas será si la sociedad comprendió o no las dificultades y mantuvo su apoyo al gobierno, tal como consigna el último sondeo de Analogías al concluir que la campaña de vacunación le sumó 5 puntos de imagen positiva al Ejecutivo e igual guarismo sobre el optimismo por la proximidad de la pospandemia, o si juzgó insuficiente el inventario de medidas en estos dos años. La suerte está echada.
