Se activó el clamor a favor de un segundo mandato para el actual presidente. Nerviosismo en sectores del establishment que ya le habían picado el boleto.
Por Pablo Dipierri
Una remera que diga…
El primero en sugerirlo fue el ministro de Desarrollo Territorial y Hábitat, Jorge Ferraresi. “Nuestro proceso político es de 8 años de Alberto (Fernández)”, dijo en declaraciones radiales que ratificó una y otra vez en los últimos días. También destacó, con sagacidad y contra los vientos feministas de la época, que la vicepresidenta Cristina Fernández es la “madre del Frente de Todos”. La caracterización dudosamente incomode a la líder del kirchnerismo: fanática de la serie Game Of Thrones, confesó en una ocasión que se identificaba con el papel de Emilia Clarke, una de las protagonistas cuyas credenciales políticas incluían el atributo de ser “madre de dragones”. En un movimiento como el peronismo, plagado de predadores de toda talla, esa descripción encaja con el pregón del empoderamiento.
Otro de los caciques que entorna al Jefe de Estado se sumó a la prédica del ex intendente de Avellaneda. Fue el flamante ministro de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, quien sostuvo: “coincido con que Alberto debe tener otro mandato”. En un reportaje concedido al diario La Nación, conmovido hasta los tuétanos por la admisión pública de Esmeralda Mitre sobre el rol de Mauricio Macri como rescatista financiero del holding construido sobre los pilares de la Tribuna de Doctrina, el ex alcalde de Hurlingham reconoció que “hay un camino de fortalecimiento del Presidente”.
El scrum que empezó a diseñarse con el respaldo de la propia compañera de fórmula del primer mandatario inquieta a los grupos económicos que se relamían con el advenimiento de un período poselectoral de acoso y derribo del Frente de Todos. Ni tantos ni ingrávidos, los capitanes que conducen políticamente el poder económico en Argentina olieron sangre tras la difusión de las fotos del cumpleaños de Fabiola Yáñez en Olivos pero, aunque el impacto en el humor social podrá determinarse con claridad recién al escrutarse los votos de las PASO, el sesgo ideológico los hizo trastabillar: no contaban, quizá, con el reflejo del kirchnerismo y las tribus más silvestres de la coalición oficial para bancar sin fisuras a la Casa Rosada.
Independientemente del saldo electoral, un dirigente peronista de fuste advertía en medio de la zozobra que un cachetazo en las urnas tampoco debía habilitarle cauce al pánico porque, a su criterio, los gobiernos kirchneristas son guapos en la adversidad. Mentaba para argumentarlo la estatización de las AFJP tras la intentona destituyente de los ruralistas en 2008 y la AUH, Futbol Para Todos o la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual luego de la derrota ante Francisco De Narváez en 2009.
Si para muestra bastara un botón, la foto de la presentación de los candidatos que encabezan las listas oficialistas para los distritos porteño y bonaerense valdría como testimonio. Fechada el 24 de julio pasado en Escobar, en esa escena se lucían al fondo Leandro Santoro y Gisela Marziotta, la dupla que disputa en Capital Federal, y Victoria Tolosa Paz y Daniel Gollán, sus pares al otro lado de la Avenida General Paz, mientras que adelante y al centro se ubicaban les Fernández, y a sus lados el gobernador Axel Kicillof y el titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. Ese loteo de la imagen abría especulaciones sobre la inauguración de una carrera entre los dos polos ideológicos del armado, uno representado por el ex ministro de Economía y otro por el tigrense, y al mismo tiempo sugería el subrayado de la centralidad de Alberto y Cristina.
Paradójicamente, la misma debilidad o la escasa voluntad de construir una corriente que lo robustezca es la que multiplica la legitimidad política del primer mandatario para seguir administrando con equilibrio y paciencia las cuotas de acumulación de cada espacio interno. Para lamentaciones de los intelectuales que vocean su incomodidad con la pasión kirchnerista y fastidio de los peronistas que quisieron jubilar a la actual vicepresidenta, la prosperidad del Frente de Todos está atada a la negativa de Alberto para cincelar el albertismo y su verba herbívora para definir su horizonte y el de sus más cercanos colaboradores. Parece cada vez más claro que la intención del ex jefe de Gabinete de Néstor Kirchner es, como acuñara el antropólogo Pablo Semán, la minuciosa confección de una arquitectura política por agregación de heterogeneidades y tal vez ahí se cifren sus chances como el mejor candidato para el 2023 si la pospandemia no es mezquina. A veces, el poder termina en manos de quien orbita alrededor suyo sin buscarlo con fervor de perro hambriento.
Poder vivir sin memes
La moraleja de las últimas semanas es depositaria de la reticencia del ascetismo revolucionario frente a la vanidad de las selfies y la vacuidad expansiva de los que suponen que todo merece un registro digital. En 2019, un asesor muy considerado en Unidad Ciudadana que terminó integrando el gabinete de Kicillof auguraba, meses antes de los comicios, un triunfo del peronismo contra todos los pronósticos. “Dejamos de boludear y nos fuimos de Twitter”, decía cuando se le preguntaba por qué estaba tan convencido de la buena fortuna.
Dos años después, igual que entonces, la suerte no es obra del albur sino de la seriedad con que se asuma la faena gubernamental. A la reactivación económica en cierne, se suman los rumores sobre un inminente acuerdo con el FMI y la armonización de las variables que propugna el vilipendiado ministro de Economía, Martín Guzmán.
Habrá que atarse las manos o limitar el uso de los teléfonos celulares hasta que pase el turno electoral, deslizan con sorna en La Plata. O parafraseando a los mexicanos del grupo Maná y trocando su corte “Vivir Sin Aire”, es probable que convenga cantarle al deseo de “vivir sin memes” para calmar la aflicción. Ninguna tesis corroboró hasta el momento que la presencia en todas las plataformas y el dribleo de cualquier lenguaje otorga imagen positiva, gobernanza o poder. En política, como en cualquier esfera de la vida, el que mucho abarca poco aprieta.
